miércoles, 11 de noviembre de 2015
Reseña: "El volumen de la salsa que escucha Medellín"
http://app.eltiempo.com/colombia/medellin/el-volumen-de-la-salsa-que-escucha-medellin/16422821http://app.eltiempo.com/colombia/medellin/el-volumen-de-la-salsa-que-escucha-medellin/16422821
martes, 10 de noviembre de 2015
miércoles, 4 de noviembre de 2015
Tatatá y Piolín.
David E. Guzmán. Fotografía: Juan Fernando Ospina
La escuela de la vida me ha dado el consejo verdadero
¡Quien dijo miedo jamás será buen guerrero!
Raúl Marrero
Nunca habíamos visto tantos Circulares Coonatra juntos, mansos, a la espera de ser acicalados. Siempre se los ve rugiendo en las calles, con las llantas casi en el aire, veloces para cumplir a tiempo su eterna ruta por medio Medellín.
“Ahí está ‘Piolín’”, dijo uno de mis compañeros de viaje. El hombre venía de bluyines, camisa rosada y gafas oscuras tipo Héctor Lavoe. “¡Entonces burgués!”, saludó Piolín, “vea, cuadre esa burguesía allí”, y nos indicó con la mano dónde podíamos parquear el carro.
Piolín nos presentó a ‘Tatatá’, a ‘Tomate’ y a ‘Nacho Coles’, sus maestros, hombres que han dedicado sus vidas a la estopa, a la cabrilla y a la grasa de los buses. La locación para la entrevista no podía ser otra y Tomate puso a disposición su vehículo. Allí, con las bancas para nosotros solos, en medio de humos, salsas y carcajadas, nos acercamos a estos personajes unidos por el oficio y por una forma de vida que suena a trompetas y timbales.
—Tatatá, ¿cuándo empezaste a trabajar con buses?
—Yo toda la vida he vivido aquí en Las Violetas y estando muy pelao me resultó un camello en una bomba en Guayabal, allá me enseñó un muchacho que le decían Alejandro, él me puso a barrer y a trapear los buses; yo me iba en una bicicletica y una vez un bus me recostó y me volvió esa bicicleta un culo.
—Yo traje a Tatatá aquí al terminal hace 28 años, yo le decía: Tatá, venga que aquí gana más que allá en esa bomba y siguió trabajando conmigo.
—Sí, Nacho me acabó de pulir. Y me quedé calvo porque yo lavé un bus, el 155, y ese pirobo tenía las tres fugas: caja, motor y transmisión, entonces ¿sabe qué? Petrolizaba ese carro con gasolina, acpm, fab, agua, y con la mugre y la grasa eso era un bomba, yo no usaba gorra y lavé ese carro quince años, ese trompiazul. Por Nacho le cogí sabor a la salsa, porque con un parcero que mataron, Ñapa, y con un hermano mío, Fredy, todos muy aficionados a la salsa, éramos brillando los carros y poníamos Latina Stereo.
—¿Y por qué te dicen Tatatá?
—Yo era todo borracho dizque en una acera diciendo ta ta ta y desde ahí me pusieron Tatatá, como a los trece años.
—Y vos, Piolín, ¿a qué edad empezaste a trabajar?
—A los doce, yo vivía en Caicedo y mi mamá me mandaba a estudiar, pero me tocaba bajar diez cuadras a una escuela y eso era una calentura la berraca; uno, por ser de arriba, los de abajo lo podían matar, eso me mantenía frustrado, entonces ya no bajaba a estudiar sino que salía a ayudarle al señor del Circular y echábamos cinco, seis viajes.
—¿Y cómo se conocieron Tatatá y Piolín?
—Como yo no quería estudiar y ya me conocían en el terminal, Tatatá me cogía y me decía: vea, con este trapo lava, con este seca y con este limpia, y empecé a limpiar vidrios, me volví un mostro pa limpiar vidrios, ya después dije: no quiero limpiar, quiero es lavar un bus de estos bien bonitos, bien azaroso. Así como me gusta Latina, también me gustan los carros, empiezo a sentir un afecto amoroso porque son los que me dan el sustento pa vivir.
Nacho interviene: —Imagínese que una vez Tatatá puso a Piolín a limpiar los vidrios del bus mío, un bus nuevecito, y me peló toda la carrocería con la escalera. Acá siempre le ponen un trapo o tienen caucho y este man sano.
—Ah, si usted quiere ver furioso a Nacho Coles, ráyele el carro. Esa vez me cogió dizque: ¡Oíste Piolín! ¡Mirá como me tenés esa carrocería! ¿Usted es que no pone cuidado? Esa marihuana te está haciendo daño, ¡mirá como me dejaste el bus!, pero ya después aprendí y me empecé a catalogar como un lavador profesional de buses, los buseros se peleaban por Tatatá o Piolín, éramos los mejores lavaderos, éramos como unos titanes.
—¿Y el apodo por qué?
—Por cabezón y porque era muy pepo, usted sabe que los piolines son pepos; yo no salía del Parque del Periodista, y a mi Nacho Coles me decía ¿dónde se va a bajar?, en el Periodista no le paro. Y yo le decía: me tiiiro miiijo, me tiiiro. Gracias a dios esto me sacó de esa monotonía, porque iba pal fango.
—Piolín, ¿cómo se formó el parche de Latina Stereo acá en el terminal?
—Empezó porque nosotros los alistadores, tanto Tatatá como Piolín, poníamos la emisora. Pero los maestros eran Tomate y Nacho porque sabíamos que siempre estaba puesta Latina, entonces eso fue una cadena tradicional. Ya cuando Jairo Luis y un oyente que se llama ‘Pastusalsa’, que vivía aquí en Las Violetas, hicieron una Salsavía se empezó a crecer la audiencia, ya todo mundo es con Latina, es una tradición que nunca pasará de moda, es algo que siempre va a estar intacto.
—¿Y recordás cuándo empezaron los salsaludos?
—Hace mucho, como no había internet, entonces tocaba escribir los salsaludos en una hoja grande y hacer el esfuerzo de ir hasta allá pa llevar la hoja y que nos fueran reconociendo en la emisora como fieles oyentes. Eran salsaludos para todos nosotros, para la gallada, porque hay conductores en toda parte, entonces era pa burlarnos de tal allá en Envigado, en Caicedo, en Robledo.

Tatatá interrumpe: —Y nos íbamos a pie, comprábamos una garrafa de vino, le echábamos cerveza y unas tuercas, y eso era qué viaje, nos la sollábamos de aquí pa allá pa salsaludar al Novillo el bueno, Novillo el malo, Robin Salsa, Harrys, Vicky Tru, Satanás, Tetero, Calzones, Guri Guri...
—¿Cómo era ese viaje?
Piolín: —Íbamos en bus hasta La Aguacatala y de ahí a pie hasta la emisora, oiga, llegábamos todos convertidos y el celador nos abría y le decíamos que nos llamara a Jairo Luis, y Jairo Luis mandaba decir que esperáramos porque estaba al aire, que iba a poner un disco largo y salía, y al rato salía ese burgués. Y uno le entregaba la hojita y él mandaba los salsaludos. Y de la emisora otra vez a pie hasta la 80, ahí los buseros de Circular que nos conocían como lavadores de Coonatra nos abrían la de atrás y nos traían, esa era la orden del despachador, conocido en Latina como Chelo, porque veníamos desde Envigado de llevar la hojita de los salsaludos.
—Piolín, ¿y cómo conocieron a Jairo Luis?
—Por intermedio de Chelo, porque él es parcerísimo de Jairo Luis y a Jairo le gustaba como Tatatá y Piolín dejaban los buses de Nacho Coles, porque Nacho Coles se ha catalogado por ser un conductor excelente, en aseo, en su trabajo, entonces Jairo llevó el carro a que se lo laváramos. Pero nosotros no sabíamos que era Jairo Luis, un día nos dijeron: vea, a ese es al que ustedes le entregan las hojitas cuando van todos farriados, y nosotros: ¡Uy, cómo así que ese es Jairo Luis el locutor de Latina!
Tatatá: —Y de la alegría de ver a Jairo Luis no le cobrábamos, nos iba a pagar y nosotros: no, nada Jairo, qué va, ¿y sabe qué? Ese marica dizque: que me la recibás, y nosotros: no parcero, no. Luego se iba a subir al carro y me la echaba al bolsillo de la camisa.
—Yo cada rato llamo a la emisora y Jairo Luis me dice: Oístes Piolín, ¿y a vos por qué te gusta Latina Stereo?, vuelvo y te pregunto. Y yo le digo: Jairo Luis, yo te respondo, vos sabés que Latina Stereo es mi vida, después de esta ninguna, y Latina Stereo para mí es la primera desde los doce años que tengo uso de razón. Ah qué bueno Piolín, ¿y cuál es tu cantante preferido? Hector Lavoe, por esa voz privilegiada, por las melodías que nos dejó, porque estuvo en la calle, en el fango.
—¿Y Piolín y Tatatá todavía trabajan juntos?
—No, Tatatá sigue alistando carros porque eso es lo que le gusta a él, yo cambié mi profesión, ya manejo taxi. Yo le dije a Nacho Coles: usted me iba a dejar calvo como a Tatatá pero Piolín cogió alas mijo, mantengo mi familia y vivo muy agradecido.
Tatatá: —Yo llego temprano y lavo cuatro carros al día, uno no más tiene que barrerlo y lavarlo, pero si le dan la liga uno le echa silicona a la oficina, le lava el troquecito, el tanque del acpm.
—¿Y Tatatá y Piolín cada cuánto se ven? —Siempre hemos estado muy juntos, tanto así que yo le digo el cucho, porque él es como mi papá, fue el que me enseñó, entonces yo llego acá y le digo: cucho ey, Tatatá, vea cada ratico lo he salsaludado.
—Y yo le digo: ey, gracias parcero, que tin, si a uno le gusta Latina Stereo es porque le nace al corazón, el corazón es salsa, vea, somos salseros.
—Eso, Latina Stereo no tiene cuándo acabarse, siempre va a estar nítida porque tiene unos oyentes en las calles inculcando lo mejor. Tomate, que se había ausentado, sube de nuevo para decirnos que tiene que salir a hacer su tercer recorrido del día:
—Cámbiense de bus, parceros.
Tomado de: Universo Centro.
martes, 3 de noviembre de 2015
Artículo: Bachillerato con Latina Stereo
La salsa no ha sido el centro pero siempre ha estado acuñando mi vida desde aquel primer casete de Héctor Lavoe, Reventó. La carátula: el dibujo de un hombre, el hombre, vestido con traje blanco y corbata amarilla, gafas de sol. Ha salido de un huevo y en la cara, una mueca o una sonrisa, no se sabe bien cuál de las dos. Y yo sentado en la camioneta azul de mi padre, en una pequeña finca que teníamos a dos horas de Bogotá, al lado de una piscina. Suena De qué tamaño es tu amor, “cuánto vale para mí, si tuviera que comprarlo…”. Me gusta la música a pesar de que la relaciono con fiestas de fin de año y gente caída de la borrachera, con los ojos como los de un pez martillo. Pero no logro comprender del todo por qué ese hombre pregunta por el precio de un amor. Yo debía tener doce o trece años.
Más tarde, a los dieciséis, flaco como una vara de hierro y con acné, llegó a mis manos una compilación de canciones de la Fania gracias a un amigo que no tenía nada de salsero pero que me dijo que en esa música también cabíamos nosotros. Recuerdo mi encuentro con Sofrito de Mongo Santamaría. Un intro largo, seis minutos en total y tres palabras como letra, un canción de una potencia arrasadora y al mismo tiempo sutil.
Para los dieciocho, cuando prestaba el servicio militar y mi cabeza estaba llena de punk, oí en una tienda Mujer divina. Eran las ocho de la mañana y los tenues golpes de marimba y el “shabadabadabadaooo” con el que arranca me dieron ganas de pedir una cerveza.
En la universidad mi vida se cruzó con la de un excantante de un grupo de ska y una caleña arquitecta que había saltado a nuestra carrera, Literatura. Con ellos pasé muchos viernes, después de un seminario de Walter Benjamin, oyendo Magdalena, de Frankie Ramírez, en un apartamento de Chapinero, y antes de salir a pedirle más a la noche. El mismo amigo de la universidad me mandó un casete a Nueva Jersey, cuando me fui a vivir allá a los veintiún años, desesperado al no entender qué estaba haciendo con mi vida, si acaso tenía sentido enlodarme con clases de lingüística. El casete sonó muchas veces en una grabadora grasienta mientras lavaba platos en un restaurante de Hoboken, el pueblo donde nació Frank Sinatra. “Satélite llamando a control, no responde”, cantaba conmigo una de las cocineras mexicanas. Claro está que cuando aparecía la mesera húngara que me gustaba, con su cara pálida y su maquillaje gótico, de inmediato ponía en la grabadora Joy Division, su grupo favorito.
Finalmente, cuando me hice periodista de tiempo completo y tuve un apartamento en el barrio La Macarena y más tarde otro en La Soledad, en Bogotá, aparecieron un montón de elepés de salsa en mi casa. Los veo regados después de alguna fiesta desbocada y yo frente a un tornamesa buscando En el balcón aquel de los Hermanos Lebron. OEscarcha de Héctor Lavoe. O Marejada feliz de Roberto Roena. O Diablo de Ray Barreto. Acababa de sonar Don’t you want me de Human League pero eso no importaba para nada.
No sé bailar salsa, nunca aprendí. Ni madre, ni hermanas, ni primas me intentaron enseñar. Aun así, una o dos veces al año, envalentonado y amnésico, me lanzo al vacío de la pista con la esperanza de conseguirlo, de llegar a esa cosa tan básica e impostergable para unos que es bailar. Mi última pareja fue paciencia y sonrisa hasta que desbrozamos el camino y luego nos deslizamos como si estuviéramos sobre una tabla de surf. Al final de esa noche salí airoso, aunque sé que por culpa de los tragos di más vueltas de lo necesario. Pasó en Bucaramanga, en Calison, un sitio con dos largas barras y patio con el santoral de la salsa pintado en una de sus paredes, un lugar al que sé que volveré a riesgo de no tener el valor de moverme de la silla. Aun así una de mis canciones preferidas, junto a varias de The Clash, The Cure y The Kinks, está firmada por Ruben Blades: El pasado no perdona. Lo sé, Blades puede ser en extremo literario para algunos pero sucede que soy mejor con las palabras que con los pies, por eso canto apretando los dientes “Ay, ya tú ves / como el que nada sabe / conoce más / que aquel que cree que sabe. / Y aunque pagué/ por mis viejos errores / aún guardo en mí / amargos sinsabores”.
Mi promiscuidad entre el rock y la música del Caribe y los barrios latinos de Nueva York fue declarada desde aquellos tiempos universitarios. Sin embargo, entre marzo y agosto de 2007 me levanté y acosté oyendo salsa, nada más que salsa. Por entonces descubríIncomprendido de Ismael Rivera: “Pero yo solo estaré / y juraré que cuando muera / aun así con mi presagio / tendré tu nombre a flor de labios / y moriré”. Estaba por el Parque de San Antonio, en Medellín. La oí en un radio pequeñito de pilas que llevaba a todos lados como talismán. Tenía treinta años recién cumplidos. Ese año trabajé seis meses en una fábrica y arrendé una habitación en el barrio Santa Inés con la intención de contar en una crónica periodística cómo es vivir con el salario mínimo por una temporada. Fueron días tan luminosos como raros, pero siempre tuve a mano la estación de radio donde oí aquella canción de Maelo que me acompañará hasta que muera.
Tomado de: Periódico Universo Centro- Número 67, Julio de 2015.
http://www.universocentro.com/NUMERO67/BachilleratoconLatinaStereo.aspx
Incomprendido sonó cuando cruzaba una calle, lo recuerdo muy bien. Llevaba el radio sintonizado en la emisora de la que me hablaron dos amigas que fueron mi piso apenas llegué a la ciudad. Astrid y María Elena beben, comen y respiran salsa, charanga, guaguancó, boogaloo. Incluso por ese tiempo se burlaban de mí llamándome El hombre misterioso, en referencia al trabajo que estaba haciendo y a una canción de Cuco Valoy.
Así fue como desde el primer domingo en la ciudad, Latina Stereo me cogió de la mano y no me soltó. Como le ha pasado en estos treinta años a tantos otros del barrio, del bus, de la fábrica, del mercado, de la oficina, de la calle.
Latina, así la llamo ahora, confianzudo, sin escribir el apellido, es capaz de espantar cualquier nube negra con solo sintonizarla. Es un bálsamo para el alma. Es el sonido de las palmeras. Puedo oír la cortinilla en mi cabeza pasados ocho años desde la primera vez que la sintonicé.
Latina sonó en una esquina cercana al Parque Berrío, detrás del Hotel Nutibara, donde tomaba en la tarde el bus 069 de regreso a casa, y sonó también en la mañana cuando me bajaba frente a una iglesia en la avenida Guayabal para ir a la fábrica. Cuando caminaba por Carabobo con una bolsa de mango verde con sal, ahí iba yo, bailando en mi cabeza como si estuviera en el mismísimo Club Chita en Nueva York.
En Brisas de Costa Rica, sobre el voltajudo paseo peatonal de Tejelo; en Son de la Loma, recostado en esa esquina bendita de Envigado; en todos esos sitios a los que me invitaban mis amigas salseras acepto que fui feliz, pero era una felicidad pública. En cambio, con mis audífonos, mirando por la ventanilla del bus el río Medellín en la tarde o subiendo por la carrera 45 en la noche, pasando primero por Prado y después en la curva de la estación de gasolina que señala la entrada a Manrique, o tirado sobre la cama un domingo después de una frijolada, la felicidad que me proporcionaba Latina Stereo equivalía a una dosis personal, intransferible, a la medida. Los cocacolos de Roberto de la Barrera o Monín, de la Orquesta Dicupé, jamás sonarán como sonaban en mi radio sintonizado en 100.9 FM.
Es verdad, conocía cosas, sabía algo de salsa, no era un iletrado, había pasado por el jardín y la primaria pero lo cierto es que me gradué de bachiller con Latina Stereo. Y puedo decir que gracias a ella tengo un par de semestres de educación salsera encima, porque si me concentro lo necesario puedo pedir en un bar de salsa como Calison algo que sorprenda al DJ. Digamos El pollino de César Concepción o Síguelo de Javier Vásquez. Y bailar toda la noche aunque no sepa bailar.
Festival de Cine Colombiano de Medellín
La música es lo que diferencia al cine de la vida real, porqué aporta y altera la percepción. Es indispensable para el producto audiovisual puesto que es la encargada de enfatizar emociones. En la conferencia de Samuel Moreno, critico de cine y conferencista en la música en el cine de género un dado ejemplo de musicalizacion que la acompaña en la escena de la ducha de Hitchcock. Las imágenes y la música son vitales para para la producción de una película. La música es la encargada de darle de darle esa unidad narrativa dentro de la música en el cine de genero existen diferentes clasificaciones: música necesaria, creativa, original, preexistente; adaptada , diegética y falsamente incidental.
El cine de género proviene deñ teatro y la literatura. Se caracteriza por ser una historia conocida por la audiencia donde hay un protagonista "héroe" que siempre triunfa a pesar de las adversidades. La musicalizacion entonces es considerada como un anexo esencial que debe estar presente en todas las etapas de la producción.
Música : Buscando a Mayeya.
Buscando a Mayeya
La búsqueda de un álbum de Mongo Santamaría lleva a esta joven cronista a adentrarse en el activo comercio de elepés del centro de Bogotá. En medio de locales diversos, recientemente convertidos en templos de la nostalgia, una excepcional zapatería y su gigantesca colección trazan el rumbo de esta pesquisa melómana.
1.
Sobre la estantería, donde estaban “los quesos” –como llaman los clientes caleños a los zapatos de cuero blanco–, encontré un disco de vinilo en cuya carátula, corroída por los años, aparecía un retrato a color del gran conguero Mongo Santamaría. En la ilustración se veía la nariz de berenjena de Monguito y sus falanges, envueltas en gasa blanca y suspendidas en el aire, a punto de darle otro batacazo al cuero.
Ese disco, que encontré a principios de este año en una extraña zapatería del centro de Bogotá, era una edición del sello discográfico Vaya que incluye, entre otros éxitos, “Mambomongo”. Esa canción fue por muchos años el cabezote del programa radial de salsa y música afrocubana El Túnel del Ritmo, que yo sintonizaba en mi grabadora todos los viernes y sábados por la noche, cuando el 99.1 de la FM todavía era el número de la Radiodifusora Nacional en el dial. El hallazgo de ese álbum me recordó una búsqueda que había comenzado doce años atrás.
Tomado de: Revista El Malpensante
http://www.elmalpensante.com/articulo/3228/buscando_a_mayeya
La música del "Parche"
La música de mi "parche" es escuchar y bailar salsa con mi mejor amiga. Nos gusta frecuentar un un bar de salsa llamado El eslabón prendido, ubicado en el centro de Medellín. Los ex novios no todas las veces son malos recuerdos, el mío en particular me enamoró a punta de salsa, con dedicaciones vía twitter de los salseros más representativos. . No hay día que no escuche los (100.9) de Latina Stéreo. La mejor emisora de la ciudad.
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